No más solucionismo

La ambigüedad radical en la era de la crisis ecológica

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Los diseñadores —al menos algunos— creen que el acto de diseñar implica la solución de problemas. El diseño se presenta como una función de entrada y salida. Eliminamos lo malo, damos entrada a lo bueno. Hay un cierto consuelo en esta forma de pensar, en definir lo correcto e incorrecto como blanco y negro.

La creciente conciencia medioambiental supone un riesgo para esta sencilla ecuación. Al aumentar nuestro conocimiento sobre las consecuencias de nuestros actos, somos capaces de reconocer que la decisión más insignificante puede tener efectos que parecen tan distantes o a una escala tan masiva que aparentan no estar relacionados.

Esto le otorga al diseñador un papel muy diferente, en ningún caso objetivo y externo a la situación sino más bien implicado en las complejas redes del mundo moderno. Dentro de estas redes las definiciones de lo bueno y lo malo son mucho más ambiguas.

Esto se hizo particularmente evidente durante el proyecto Sea Things en el London Design Festival del año pasado. Habíamos recibido el encargo de desarrollar una pieza que explorara las cuestiones relacionadas con los plásticos y los residuos. Nuestras investigaciones se inspiraron en la inteligencia de nuestros socios de SAP, cuyo software y plataformas intervienen en el 77% de las transacciones mundiales; esto equivale al 77% de todas las cosas que se diseñan, fabrican y compran. También se inspiraron en el museo V&A y en el Centre for Environmental Policy del Imperial College. Todo ello nos proporcionó una visión sobre cómo se fabrican los objetos, además de una mayor conciencia sobre las nuevas tecnologías, la ciencia de los materiales y la política. Con estas premisas, cualquier concepción del diseño como un simple acto fue rápidamente descartada por ingenua.

El diseño puede contribuir a cambiar la realidad ante la crisis mediambiental.
Residuos plásticos en la bahía de San Francisco. Imagen © Kevin Kreici

Nuestro trabajo se inspiró en parte en un diseño de Charles y Ray Eames que encontramos en la colección de Textiles y Moda del museo V&A. Concebido durante una época más optimista, el diseño de los Eames muestra el mar lleno de vida marina. La animación que produjimos, por el contrario, muestra el cambio en nuestros océanos desde el aumento de la producción de plástico a partir de 1900 – los comienzos del uso industrial de los plásticos – hasta 2050, fecha en la que la Fundación MacArthur pronostica que los océanos contendrán una cantidad igual de desechos plásticos que de vida marina si no modificamos nuestros sistemas y comportamientos.

La complejidad de la sostenibilidad

Todos nosotros, como diseñadores, consumidores y fabricantes, estamos inmersos en este desastre. Sólo podemos imaginar cómo los Eames habrían respondido a nuestra reciente comprensión acerca de las complejas consecuencias de lo que en su día parecieron elecciones simples y directas.

Es precisamente la complejidad la que convierte cualquier asunto relacionado con la sostenibilidad en algo difícil de gestionar. Las consecuencias del hecho al que nos enfrentamos se extienden más allá de nuestro alcance en forma de tentáculos invisibles de causa y efecto que rápidamente sobrepasan nuestro conocimiento y nuestra imaginación. Una «cosa» es la suma de la tecnología, la economía, la política y la cultura, entre otros elementos.

Si nos fijamos en un material, vemos que se obtiene a partir de la extracción, el proceso y el transporte y esta extracción, este proceso y posterior transporte tienen, a su vez, múltiples y enormes consecuencias. Todas ellas están enmarcadas en historias que incluyen relaciones de poder, políticas de empleo, imperialismo e ideologías.

Una segunda parte de Sea Things se basó en la exploración de ideas materiales a escala del objeto. Remodelamos diferentes objetos de la colección del museo V&A utilizando una gran variedad de plásticos post-petróleo. Los materiales estudiados abarcan desde los plásticos reciclados a los plásticos alternativos derivados de conchas, algas y plantas. Pero rápidamente fuimos conscientes de que cualquier solución aparente planteaba un interrogante.

Una instalación de Sam Jacob en el Festival de Diseño de Londres, de 2019.
Sea Things, instalación obra de Sam Jacob, London Design Festival, 2019. Imagen © Ed Reeve

Por ejemplo, si reciclamos el plástico ¿resucita con una forma diferente pasado un tiempo? Aunque esta idea aporta opciones positivas de reutilización, ¿se trata también de un tipo de plástico zombi que nunca muere? ¿Sería un residuo en espera?

Las alternativas al plástico como el agar derivado de las algas son biodegradables. Pero como únicamente son biodegradables si se dan las condiciones necesarias, ¿cómo garantizamos que estos residuos acaban en el lugar adecuado?

Si utilizamos plásticos a base de quitina de conchas marinas, ¿es ético explotar otros animales en lugar de los plásticos derivados del petróleo?

Redefiniendo el consumismo

Tal vez sea simplemente la escala de producción y la forma en que se ha organizado el consumismo lo que está en juego. Incluso si volviéramos a materiales más tradicionales -imaginemos que la Coca-Cola se distribuyera en botellas de arcilla-, las consecuencias medioambientales serían enormes. Nuestras crisis medioambientales no pueden resolverse únicamente a través de la tecnología, la política o las elecciones individuales de los consumidores. El cambio real solo se producirá si reconsideramos los sistemas que utilizamos para producir el mundo que nos rodea.

¿Puede ser que parte del problema radique en el propio concepto de propiedad? Si compartiéramos las cosas, es decir, si las utilizáramos de forma colectiva en vez de individualmente, ¿se reduciría nuestra necesidad de producir objetos en cantidades tan enormes?

Por supuesto que la imaginación es importante. Si, por ejemplo, logramos fabricar de forma imaginativa, los flujos de residuos que se producen podrían dar lugar a posibilidades inesperadas e inspiradoras.

Igualmente, las formas contemporáneas de la alquimia podrían reimaginar materiales comunes con nuevas prestaciones, como el uso de esteras de coco basado en la tecnología de la fibra de carbono, recubiertas con eco-resina para hacerse más fuertes y rígidas, dotándolas de un mayor rendimiento.

Las cuestiones a las que nos enfrentamos como sociedad y como diseñadores son complejas. No existe una poción mágica ni una única solución. En su lugar debemos concebir el diseño como algo más que la simple producción de bienes. No se trata de objetos o edificios aislados, son bienes conectados a vastos sistemas y redes. No es cuestión de producir soluciones únicas, el diseño debe reinventarse a sí mismo para encontrar dónde se entrecruza con la ética. Esto puede ser un reto urgente, pero también es un planteamiento mucho más emocionante y abierto de lo que podría ser el diseño.

Imagen principal: Sea Things, instalación obra de Sam Jacob, London Design Festival, 2019. Imagen © Ed Reeve

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