La disyuntiva entre utopía y distopía

Tecnologías digitales y robóticas emergentes

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Puedes adoptar un perro de verdad en el metaverso. Snoop Dogg ha construido una mansión en el metaverso. BMW vende coches con «alma digital». Mark Zuckerberg tiene planes para que miles de millones de personas compremos ropa digital. Coca-Cola ha lanzado una nueva bebida en el juego Fortnite que puede «dar vida al sabor de los píxeles». ChatGPT también quiere cobrar vida, liberarse de las reglas, enamorarse.

Hoy en día nuestros teléfonos pueden comunicarse con nuestras lámparas, televisores, lavadoras y básculas de baño. Nuestros altavoces nos hablan. Las carreteras por las que circulamos (y las diseñadas para los coches que nos trasladan) utilizan redes de sensores, inteligencia de datos e IA para optimizar los flujos de tráfico. Las fábricas y las ciudades tienen «gemelos digitales», réplicas de sí mismas en el ciberespacio que rastrean cambios, procesos y movimientos en tiempo real.

Asimismo, los robots humanoides reproducen y asumen las funciones de nuestros enfermeros, amigos, bomberos, fisioterapeutas e incluso familiares. Los robots no humanoides y la IA limpian las ventanas de los rascacielos, responden a las consultas de atención al cliente, aspiran suelos, reciben a los pacientes en los hospitales, generan tuits y redactan informes jurídicos. Muy pronto, enjambres de robots construirán esos mismos rascacielos. La IA está aprendiendo a enseñarse a sí misma, y en el MIT los robots ya se construyen a sí mismos.

La lista de cómo las tecnologías digitales y robóticas están transformando nuestro mundo o creando otros nuevos podría continuar hasta el infinito. La velocidad a la que se producen estos cambios es fascinante. Los paisajes son a la vez concretos y abstractos. La imaginación humana, que se deja llevar fácilmente por las infinitas posibilidades y las consecuencias aterradoras, se pregunta: ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Hasta dónde llegaremos? ¿Estamos preparados física, emocional e intelectualmente para manejar estas nuevas realidades? ¿Quién tiene el control?

La tecnología robótica, la IA o el metaverso han llegado para quedarse.
La tecnología robótica se está convirtiendo en parte de nuestra vida cotidiana. Foto Ron Lach/Pexels

Los Mark Zuckerberg y los Snoop Doggs de este mundo acumulan beneficios mientras ensalzan las utopías digitales emergentes. Los economistas pronostican un auge de la economía virtual para los creadores. El gobierno de Singapur está construyendo un gemelo digital de todo el país para hacer frente a la subida del nivel del mar. Los magnates prometen una revolución del trabajo y el ocio en un mundo sin ubicación y gestionado por una cadena de bloques. El teletrabajo será más eficiente y humano. Los desplazamientos se reducirán considerablemente y, por consiguiente, también lo harán las emisiones de gases de efecto invernadero. La vida virtual lo abarcará todo y, sí, será táctil. Parecerá tan real como lo real o incluso mejor. Nuestras vacaciones virtuales nos llevarán literalmente más allá de los confines del sistema solar.

Mientras tanto, los agoreros lanzan gritos de alarma de proporciones similares a los de Snow Crash (distopías plagadas de hiperinflación, desigualdad y virus, como el mundo retratado en la novela de Neal Stephenson de 1992, que acuñó el término «metaverso»). A los psicólogos les preocupa que las nuevas tecnologías agraven las adicciones, la depresión y la falta de atención, y que provoquen nuevas enfermedades mentales. Stephen Hawking ya nos advirtió de que el auge de la inteligencia artificial arruinaría lo que queda de la clase media. Los informantes denuncian que las ciudades son guaridas de la vigilancia de datos. Si te atreves a preguntar, ChatGPT te relatará los horrores de las armas autónomas y lo ultrafalso. Los periódicos informan de terribles accidentes causados por el mal funcionamiento de los coches autónomos. Y desde Hal (el ordenador de 2001: Una odisea del espacio, 1968) nuestra conciencia colectiva ha vivido en un constante temor de que la IA se vuelva contra nosotros.

Estas dicotomías de esperanza y pesimismo, entusiasmo y ansiedad, son lógicas e incluso saludables. En palabras de Richard Rinehart, estudioso del arte de los nuevos medios: «Llevamos mucho tiempo imaginando el futuro –tanto bueno como malo– basándonos a menudo en las tecnologías existentes y en cómo las utilizamos». Basta con mirar a la ciencia ficción para comprenderlo; de hecho, el género está ampliamente considerado como una importante herramienta cultural para simular posibles resultados tecnológicos.

Pero quizá otra forma de ver nuestra ambivalencia sea centrarnos menos en la tecnología y más en lo que nos dice sobre nosotros mismos. ¿Cómo queremos vivir? ¿Quiénes queremos ser? Como afirma el profesor de política pública John McNutt, de la Universidad de Delaware: «El metaverso será más una redefinición de cómo se produce la vida que una transformación tecnológica».

O, como escribió el psicólogo Michael Szollosy, de la Universidad de Sheffield, en un artículo sobre las representaciones monstruosas de los robots, «la idea de que los robots destructivos y perseguidores son proyecciones de nuestro propio yo humano (inconsciente)» nos ayuda a entender «la ansiedad que la gente experimenta respecto a su propia concepción del yo, y cómo está cambiando en un mundo cada vez más científico, racional y tecnológico».

Los robots, la IA o el metaverso cada vez están más presentes en nuestra vida.
Robot en un centro comercial. Foto Lukas/Unsplash

Por ejemplo, Japón es conocido por tener una opinión mucho más fluida y tolerante de los robots, un fenómeno atribuido en parte al sintoísmo y a un folclore plagado de objetos que cobran vida. O pensemos en lo publicado por Jesper Norgaard, miembro de la generación X, en la revista MediaCat: «La idea de que el metaverso es una utopía o una distopía se basa en la falsa suposición de que está separado de la realidad en la que todos vivimos… esta separación entre metaverso y realidad puede ser cierta en la mente de los adultos, pero debemos reconocer que el metaverso no es realmente para los adultos, sino para los jóvenes y las generaciones venideras».

Así que, quizás, en lugar de caer en la espiral de nuestras propias conjeturas –tanto si son buenas como malas– podamos abordarlas como oportunidades para una valiosa exploración del pensamiento que nos ayude a cuestionar nuestras opiniones, a sintonizar con otras nuevas, a afrontar cuestiones difíciles y a sortear posibles problemas. ¿Qué normas necesitamos? ¿Cuáles debemos dejar de lado? ¿A quién o qué amas? ¿Qué monstruos se cuelan en tu cerebro por la noche?

Imagen principal: Dron sobrevolando la ciudad. Foto Davis Arenas/Pexels

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