El barrio como espacio de civilidad

Hacia unos entornos urbanos inclusivos y transversales

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Existe un libro infantil llamado Popville, cuyos autores son Anouck Boisrobert y Louis Rigaud, que mediante herramientas sencillas pero efectivas -el dibujo, el plegado, el pop-up- cuenta de forma muy clara a niños y niñas como crece una ciudad. Sin complejos, en este urbanismo de papel aparecen -pegados- espacios vacíos, infraestructuras, viviendas con tejados a dos aguas, edificios que parecen públicos (tienen en su torre lo que parece un reloj), otros que con sus dientes de sierra en cubierta bien podrían ser fábricas, algunas piezas -más altas- pueden ser rascacielos.

Es una ciudad de barrios. Este es el término importante.

Un poema de Pablo Guerrero cierra el libro, « […] sobre todo la ciudad es la gente que la habita»

Así la ciudad es, empleando los términos del profesor Antonio Miranda, una construcción humana y civil.

Civil de civilización, de civilidad. Capaz de integrar aquello que nos hace progresar y que nos mejora, aquello que nos hace civilizados. Es casi imposible imaginar cualquier aspecto del siglo XX o del XXI cuya evolución no este íntimamente ligada a lo urbano. A la ciudad y, por extensión, reduciendo los términos a una proximidad tangible, familiar incluso, a los barrios.

Es pues el espacio del barrio -de la calle, del entorno urbano próximo- aquel en el que los ciudadanos se educan. Esta es su función principal, es el lugar del encuentro, de la sociabilidad, del intercambio de saberes, el lugar de la relación.

Pintada en el casco histórico de Almería
Pintada en el casco histórico de Almería©José María Echarte Ramos

Es sin embargo también, lugar de conflicto. El barrio, como unidad constructora de ciudad ha sido en muchas ocasiones separado de su carácter paralelo e imprescindible de constructor de sociedad. Así, lo físico y tecnocrático e incluso lo descarnadamente económico -puramente extractivo, aislado de la función social de la propiedad- han relegado este carácter civil del que hablábamos a la esfera de lo aleatorio, de lo no significativo. Han ocupado todo el espacio posible en unos procesos de desarrollo urbano en los que, la mayoría de veces, el gran trazo y el plan de ordenación han olvidado la escala humana, herederos de un urbanismo en el que la supuesta renovación, en palabras de Jane Jacobs, era en realidad saqueo.

Los barrios son lugares complejos, de dinámicas intrincadas. Confluyen en ellos como apuntábamos lo social, lo económico y lo administrativo. Son el lugar de un nuevo tipo de familia urbana no limitada a lo sanguíneo y predeterminado, sino extendida a lo próximo y elegido. La lección aprendida del urbanismo no planificado, surgido a pesar de mucha de la burocracia organizativa de la que nos hemos dotado (y no gracias a ella) es que parámetros como la multifuncionalidad integrada y la densidad favorecen entornos urbanos complejos y de alta calidad de vida.

Y, sin embargo, ¿Qué hemos hecho con nuestros barrios? ¿Qué reglas hemos empleado para preservarlos, para mejorarlos?

Los lugares para el afecto y lo ciudadano han sido entendidos en demasiadas ocasiones como un problema compositivo y estético y así han adquirido la forma de objetos de laboratorio, manipulables de forma casi aséptica en unos procesos de diseño que, en su afán por diseccionar científicamente, en realidad separaban. La incorporación de la perspectiva de género al urbanismo -tan necesaria y a la vez, tan lenta en aplicarse de forma absoluta- nos ha hecho descubrir como este modelo urbano, segregado, favorece únicamente a quienes lo pensaron hace décadas y a quienes aún ejercen un control patriarcal sobre la sociedad. Varones, blancos, heterosexuales y sanos, un habitante tan singular como superado.

Pintada en Almería en un barrio sin civilidad
Pintada en Almería en un barrio sin civilidad©José María Echarte Ramos

Esta concepción objetual de lo urbano, presente en la raíz de muchas de las reglas y normas de las que hablábamos, trae consigo el peligro de la comodificación: la conversión del espacio que habitamos en una mercancía intercambiable cuyo valor es, a partir de ese instante, exclusivamente monetario. Así, los procesos de regulación urbana y las legislaciones que deberían entenderse como elementos sensibles, receptivos, se convierten en realidad en lentas fotografías estáticas, incapaces de adaptarse a una realidad cambiante de la que sólo pueden controlar aspectos parciales, generalmente uno sólo: el sustrato económico.

Los barrios son así acotados, gentrificados y vendidos. Transformados lejos de su función primordial a través de un nuevo tipo de ciudad segregada, parcial, que expulsa la diversidad que los enriquece. Los ciudadanos dejan de serlo para  ser usuarios o, incluso peor, consumidores y clientes.

Cambiar las reglas, o quizá volver a algunas que ya conocemos, es un proceso de autodescubrimiento que como sociedad nos debemos. Es en este proceso -inclusivo, transversal, participativo, con perspectiva de género, diversificado y civil- donde nuestros nuevos barrios pueden alcanzar su plenitud. Espacios que no serán ya una mercancía, sino el lugar donde éstas se transforman e intercambian. Que estarán formados por familias extendidas más allá de lo sanguíneo y en los que el comercio como revitalizador y el espacio urbano como procomún conviven sin invadirse, simbióticos, en un respetuoso equilibrio.

Barrios donde la ciudad se convierta, como nos decía Pablo Guerrero, en la gente que la habita, en su ciudadanía y su capacidad de cuidado y de relación.

En suma, en su capacidad infinita de civilización.

Imagen principal: Barrios peatonalizados, centros históricos recuperados, en este caso Burgos, encuentro de las calles Avellanos y Laín Calvo. © Jose María Echarte Ramos, 2019

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