De consumidores a prosumidores

La impresión 3D, una revolución sin límites

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Si la revolución industrial de finales del siglo XVIII hizo posible la producción en masa de bienes de consumo, cambiando radicalmente la economía y la sociedad, ahora surge una nueva tecnología de fabricación que consigue precisamente lo contrario: la fabricación individualizada. La impresión 3D permite crear objetos personalizables según las necesidades y gustos de cada cual. Este nuevo sistema socava las economías de escala, cuestionando la necesidad de fabricar cientos o miles de unidades para abaratar el producto y que finalmente llegue al consumidor. El consumidor se convierte ahora en productor, lo que supone un desafío a todo nuestro modelo productivo, desde cómo diseñamos, fabricamos o hacemos llegar los productos al consumidor hasta la protección de la propiedad intelectual o seguridad.

Al mismo tiempo estamos presenciando la democratización de la tecnología: las impresoras 3D son cada vez más asequibles y están entrando en el ámbito doméstico, lo que significa la descentralización de la fabricación.

Detrás de un objeto producido en masa hay una gran infraestructura: fábricas, maquinaria especializada, moldes, líneas de producción, medios de transporte, almacenes, etc. La impresión 3D prescinde de esa infraestructura y permite que el consumidor, convertido en prosumidor, materialice el producto.

La palabra prosumidor es un acrónimo resultado de la fusión de las palabras productor y consumidor, y hace referencia a la autoproducción en un amplio sentido. También se usa la versión inglesa, prosumer. Este término fue acuñado por el sociólogo y futurólogo estadounidense Alvin Toffler, ya en 1979, en su libro La tercera ola.

Recreación, mediante figuras impresas, del sistema de fabricación tradicional frente al principio de elaboración bajo demanda de la impresión 3D. Exposición «3D_Imprimir el Mundo», Fundación Telefónica. Foto © Fundación Telefónica Buenos Aires

Las características y ventajas de la impresión 3D se concretan en lo que los investigadores Hod Lipson y Melba Kurman han llamado los 10 principios de la impresión 3D:

  1. La complejidad de fabricación no eleva el coste.
  2. La variedad sale gratis.
  3. No hace falta ensamblaje.
  4. Elaboración bajo demanda.
  5. Espacio de diseño ilimitado.
  6. No hace falta habilidades manuales.
  7. Fabricación compacta y portátil.
  8. Menos residuos.
  9. Infinita variedad de materiales.
  10. Reproducción física precisa.

A destacar el principio cuatro: elaboración bajo demanda. Una impresora 3D permite fabricar cada objeto bajo demanda, es decir, siempre que un objeto haga falta. La capacidad de fabricación sobre la marcha reduce la necesidad que tienen las empresas de hacer acopio de inventario físico. Este «tiempo de fabricación cero» podría minimizar el coste de los envíos a larga distancia si los artículos a imprimir se generan cuando hacen falta y cerca de donde hacen falta.

Por otra parte esto genera nuevos tipos de servicios empresariales, dado que las impresoras 3D permiten a las empresas crear objetos especializados (o personalizados) a la carta, en respuesta a las peticiones de los clientes.

Producción local descentralizada pero conectada

Con esta tecnología la gran fábrica se convierte ahora en micro fábricas conectadas entre sí de forma inteligente y automatizada, lo que se conoce como cloud manufacturing (fabricación en la nube). Esto incluso cuestiona el urbanismo y la organización de las ciudades así como la fisonomía del entorno industrial. Ya no es necesaria la fábrica como la entendemos, pudiendo tener microfábricas en casa, en los pueblos o en el centro de las ciudades.

En este contexto hay que situar el fenómeno de los Fab Labs, talleres digitales al servicio de las personas donde es posible fabricar de forma individual y personalizada cualquier producto, lo que podría ser el embrión de los centros comerciales del futuro.

Lámparas Dégradé por Héctor Serrano para Nagami, impresión 3D, plástico PETG 75% reciclado + 25% virgen y 100% reciclable. Foto © Nagami

El empleo

La fabricación digital afecta también al empleo. Implica una reducción de la necesidad de mano de obra y cuestiona el modelo de producción basado en la mano de obra barata de los países en desarrollo, facilitando el regreso de la fabricación a los países desarrollados. El trabajo será un bien escaso que habrá que distribuir de forma racional y democrática, y que llevará a una restructuración del sistema laboral.

Menos residuos y reducción de las emisiones de CO2

A diferencia de lo que ocurre con la fabricación tradicional a gran escala, en la que inevitablemente se generan residuos y se necesitan almacenes y transporte para acercar el producto al consumidor final, con la tecnología aditiva se construye el objeto capa a capa utilizando solo el material necesario para fabricarlo, se produce solo lo necesario, se libera los espacios de almacenamiento, se fabrica localmente y más cerca del consumidor final lo que repercute en un ahorro de la energía utilizada para el transporte y, en último término, reduce considerablemente las emisiones de CO2.

También la arquitectura mejora en cuanto a sostenibilidad porque esta tecnología permite producir a pie de obra. Del mismo modo que en la actualidad tenemos una hormigonera rellenando forjados y muros, se podrá tener una impresora de gran tamaño para levantar edificios. Construir viviendas enteras con este método empieza a ser una realidad (o será pronto una realidad). La NASA está financiando un proyecto para la fabricación de casas en la luna donde el 90% de los materiales necesarios para la construcción proceden del propio suelo lunar, por lo que será fácil de transportar el restante 10% desde la Tierra en una nave espacial.

Imagen principal: Proyecto EGG, Michiel van der Kley. Foto © Jordi Adriá

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