Loco por la baldosa hidráulica

Joel Cánovas ha recuperado más de 35.000 piezas de estos mosaicos

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En ocasiones hay objetos que un buen día cobran un valor especial. Esto es lo que le sucedió a Joel Cánovas con la baldosa hidráulica. Aunque este andorrano de 34 años creció en casas y edificios con suelos de madera, mucho más cálidos que los pavimentos hidráulicos, cuando se trasladó de Andorra a Barcelona este mosaico era solo un tipo de suelo más, al que nunca había prestado la más mínima atención. Sin embargo, un buen día se enamoró. “Estaba tomando una cerveza con un amigo. Él es diseñador de decorados y ya coleccionaba baldosas. Las recogía de sacos de escombros y, después de limpiarlas, las enmarcaba como un elemento decorativo. Ese día encontramos un saco de escombros y cogimos tres, las que podíamos cargar por el peso”, explica Joel. Cuatro años y 35.000 baldosas hidráulicas después, Joel se ha convertido en un cazador de baldosas de la cabeza a los pies. Él mismo abrió perfil en Facebook e Instagram y se bautizó con este nombre: ‘The Tile Hunter’ (el cazador de baldosas). Y ahí está´, a la búsqueda y captura de estos bellos mosaicos.

Joel Canovas surrounded by hydraulic tiles
Joel Canovas. Cazador de baldosas hidráulicas © Anna Bosch

Los pavimentos hidráulicos empezaron a elaborarse a mediados del siglo XIX con cemento comprimido con prensas hidráulicas. Con el tiempo, se fueron popularizando en países del sur de Europa, norte de África y América Latina. En Cataluña alcanzaron su máximo esplendor con el Modernismo, con diseños coloristas y muy elaborados. A partir de mediados del siglo XX aparecieron suelos mucho más fáciles de producir y ligeros (terrazos, cerámicas o gres), lo que facilitaba también su transporte y abarataba el producto. Y así fue como, poco a poco, vimos desaparecer de nuestras casas esas fantásticas baldosas hidráulicas de colores y motivos diversos.

Parece que para Joel la baldosa hidráulica es una especie en vías de extinción.

Y si hay quien se dedica en cuerpo y alma a proteger al lince ibérico o a la ballena azul, él pone todo su empeño en preservar estas hermosas piezas. A su favor está el hecho de que su trabajo consista en controlar los sacos de escombros de Barcelona. “Durante dos años estuve trabajando en esto y jamás se me ocurrió mirar qué había dentro. Ahora me tiro de los pelos pensando en cuántas baldosas habré dejado perder”, explica Joel medio en broma y medio resignado.

Pero es que además este cazador de baldosas hidráulicas cuenta con todo un ejército de ayudantes, repartidos por casi todos los barrios de la ciudad, que, en cuento divisan material de interés se ponen en contacto con él. En esta tarea han ayudado, y mucho, las redes sociales, mayoritariamente Instagram, donde tiene más de 3.500 seguidores, algunos casi tan locos por los suelos hidráulicos como él. Han creado, como él mismo dice, comunidad.

Dibujo con conjunto de baldosas hidráulicas © Anna Bosch

Para seguir encontrando más piezas Joel se inventó el tilecrossing, en referencia al bookcrossing (abandonar libros en lugares públicos para que otra gente puede leerlos), pero en este caso lo que se esconden son baldosas y para encontrarlas la gente tiene que seguir una serie de pistas a través del perfil de The Tile Hunter en las redes sociales. Este verano el invento ha dado un paso más y ha aparecido una aplicación con el mismo nombre. ‘Yo creo que es la primera app del mundo destinada a preservar patrimonio cultural. Si ya existe otra, nadie me lo ha sabido confirmar”, sentencia con orgullo. Además de seguir jugando de una manera más ágil, la app tiene una función muy interesante, ‘SOS Rajola’ (baldosa en catalán), que permite sacar una foto de los mosaicos que acabas de encontrar, escribir una breve descripción y geolocalizarlas. Así Joel o alguno de sus colaboradores pueden ir a recuperarlas. Además, con la aplicación los participantes van sumando puntos, que en un futuro está previsto que puedan canjear por camisetas, baldosas o incluso un taller de restauración de baldosas.

Conjunto de baldosas hidráulicas antiguas © Anna Bosch

En el barcelonés barrio de Gracia Joel tiene un taller donde guarda una pequeña parte de su tesoro. En la persiana hay un rótulo donde se puede leer ‘Make the tile great again’, emulando el conocido slogan de Donal Trump ‘Make America great again’ (Hagamos de América un gran país de nuevo). Con la persiana subida, uno se encuentra con un espacio de 35 metros cuadrados lleno hasta los topes de baldosas hidráulicas. Una pequeña porción está expuesta; otras piezas las tienes apiladas ordenadamente según modelos; la mayoría aún se tienen que limpiar y organizar. Y es que el trabajo es inmenso. Y eso que ésta es solo una parte de su patrimonio. El resto está en una nave de 250 metros cuadros. Eso sin contar las que tiene en casa. ‘Tengo baldosas debajo de la cama, del sofá… Mi novia, la pobre, está desesperada porque generan mucho polvo, pero es que hay algunas que quiero tenerlas en casa’, afirma.

Pero mientras Joel va acumulando baldosas hidráulicas han ido sucediendo cosas que nunca se le hubieran pasado por la imaginación. Han empezado a llamarle periodistas de distintos medios de comunicación para que explique su proyecto, entre éstos el periódico británico The Guardian. A partir de ahí, le ha ido contactando gente, algunos posibles clientes, pero también desde el Museo de Historia de Cataluña. Por otra parte, ha conocido a un investigador de robótica aplicada a los bienes culturales, Mainardo Gaudenzi, de la Universidad de Vic y juntos han lanzado el ‘Projecte Rajola’ (proyecto baldosa), cuyo objetivo es llevar a cabo una catalogación histórico artística de la baldosa hidráulica catalana. Para ello contarán con un dispositivo desarrollado por la propia universidad, un espectrocolorímetro de código abierto, que permitirá analizar el color y la morfología de los más de 1.500 modelos distintos de baldosas con los que cuenta Joel.

Taller de baldosas hidráulicas antiguas © Anna Bosch

Y mientras va sumando piezas por la cabeza de este recolector las ideas van a mil: realizar un cortometraje, un programa de televisión sobre su experiencia, exposiciones… En algún momento quizás se planteará cómo sacar beneficio de económico de tan ingente tarea, pero, de momento, su máximo afán es seguir recuperando baldosas. “Yo a veces estoy ante una nueva baldosa y me tiemblan las piernas de la emoción. Lo mejor es cuando encuentro un piso a punto de restaurar donde van a tirar el suelo hidráulico. Lo de buscar baldosas me recuerda un poco a salir a coger setas. Nunca sabes dónde las vas a encontrar, ni cuándo ni cuántas habrá. Y todo esto genera mucha emoción”, concluye. Pasión, no le falta.

 

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