Confinados en la ciudad

Ventajas de la urbe planificada en tiempo de coronavirus

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El urbanismo, como lo conocemos hoy en día, es el resultado de la lucha contra las condiciones de la vida urbana que a mediados del siglo XIX creaban el caldo de cultivo perfecto para la aparición de enfermedades infecciosas y muertes prematuras a centenares. Una situación que ponía en riesgo el capitalismo industrial en plena expansión.

Las clases trabajadoras vivían en condiciones deplorables en las ciudades, asimilables a los slums y las favelas actuales, y eso conllevaba una pérdida insostenible de mano de obra. El urbanismo higienista –Ildefons Cerdà es uno de los referentes– aparecía para planificar y ordenar la construcción de la ciudad con el objetivo de evitar las revueltas sociales, de mitigar las desigualdades crecientes en la ciudad y de buscar unos estándares de calidad de vida universales en el entorno urbano, con una cierta dosis de utopía. Esto es historia –de trazo grueso– y es una lección que hay que recordar y recuperar, pero que no debemos caer en la tentación de trasladar directamente a la situación actual.

Las condiciones de vida de las ciudades «planificadas» del mundo occidental donde estamos hoy confinados no han sido la causa de esta enfermedad, ni de su propagación. El origen es aún incierto y su propagación está más bien relacionada con la lógica del mundo globalizado.

Hasta el confinamiento, prácticamente global, el número de personas viajando y desplazándose por todo el planeta era de millones al día. Esto explica que pudiera saltar de China a Italia directamente y así sucesivamente, cruzando océanos. Por lo tanto, el punto de partida es diferente al de la ciudad del siglo XIX.

Sin embargo, las condiciones urbanas de las ciudades planificadas sí que presentan grandes ventajas para gestionar los efectos de la situación actual de pandemia y vale la pena reconocerlo en positivo.

Día de mercado, Port de la Selva, España.
Día de mercado, Port de la Selva, España. Photo © Maria Buhigas

La densidad de personas y su proximidad en el espacio, sin poner en riesgo el confinamiento necesario, promueven la solidaridad y el cuidado entre el vecindario, facilitan el abastecimiento de comida y la gestión de residuos, permiten el acceso a unos servicios determinantes en la lucha contra la pandemia, y en particular contra este virus, como es el acceso al agua corriente para poder mantener los niveles de higiene necesarios y hacen posible un acceso mayoritario a Internet, que se ha demostrado tan necesario para mantener a la población informada, entretenida y comunicada.

De todo ello podemos extraer las siguientes reflexiones a nivel de urbanismo y de ciudad:

  • La importancia y al mismo tiempo la dificultad de hacer compatible el confinamiento individual con la proximidad y la compacidad colectivas. Algunos ejemplos son: las relaciones de complementariedad entre hospitales y equipamientos de gran tamaño como son los polideportivos y la importancia de su proximidad física; la capacidad de adaptación de tipologías de alojamiento temporal (hoteles y viviendas de uso turístico) para aumentar la capacidad de aislamiento; el valor de los establecimientos alimentarios de proximidad para dar mayor cobertura y capilaridad ante los modelos de centro comercial centralizados o de poder disponer de servicios básicos a distancias a pie que facilitan abastecerse de alimentos, medicinas y otros productos de primera necesidad.
  • Que entre los servicios básicos (definidos por ley) para que un solar sea edificable –y que hoy en día son agua potable, saneamiento, electricidad y acceso a la vía pública– tendremos que añadir el acceso a las telecomunicaciones. Un servicio que permite superar el aislamiento de muchas personas que se encuentran confinadas solas, mayores y jóvenes, y que para luchar contra las desigualdades sociales la brecha digital es una de las más importantes a superar.
  • Que las viviendas se deberán repensar en tamaño y distribución, haciéndolas más «adaptables» y recuperando los espacios polivalentes y compartimentables. Pondremos más atención en la relación de los espacios interiores y los exteriores –balcones, ventanales, galerías, tribunas y otros artificios– que se ha ido olvidando por razones estéticas (el peso de la modernidad) y económicas (el peso del beneficio económico). Serán necesarios diseños más abiertos, menos prefijados.
Diversidad y mixtura urbanas, Lausanne, Suiza
Diversidad y mixtura urbanas, Lausanne, Suiza. Photo © Maria Buhigas
  • Que tenemos que empezar a pensar seriamente como volver a la normalidad sin aumentar los niveles de contaminación acústica y del aire de nuestras ciudades. Cuando hace unos meses se aprobaron las ordenanzas de la Zona de Bajas Emisiones en el Área Metropolitana de Barcelona, ​​ya lo dijimos: para reducir las emisiones a los niveles recomendados por la OMS deberíamos reducir nuestra actividad (el pulso de la ciudad) a un domingo. Ahora estamos en un domingo permanente; cuando la normalidad se restaure deberíamos hacerlo «con suma cero de emisiones». ¿Es esto posible? ¿Cómo? ¿Qué implicaciones tendrá?
  • Que tenemos una oportunidad para repensar qué modelo de turismo queremos recuperar. Es uno de los sectores más afectados por esta crisis y al mismo tiempo es el sector que más ha estresado nuestras ciudades en los últimos tiempos: en la vivienda, en la masificación y deterioro ambiental de algunos lugares, en las desigualdades salariales (este sector presenta una de las brechas salariales más importantes), etc. Pero al mismo tiempo supone una parte del PIB que no se puede menospreciar y por tanto habrá que pensar como reinventarlo.
  • Que debemos reconocer la interdependencia entre las dos realidades, la del campo y la ciudad, y que por tanto se deben superar los discursos de la dicotomía, por una visión sistémica. En estos momentos de confinamiento, el abastecimiento de alimentos, y en particular de alimentos frescos, es uno de los servicios fundamentales no sólo por razones de salud y bienestar, sino también de cohesión, seguridad y paz social. Sin un nuevo discurso urbano/rural no avanzaremos hacia una sociedad más justa, equitativa y sostenible en el tiempo.

En definitiva, reconozcamos los valores de la ciudad construida donde hoy estamos confinados, identifiquemos correctamente los enemigos de la vida urbana –que no son ni la densidad, ni la compacidad– y volvamos a reivindicar el urbanismo como herramienta de transformación positiva de las condiciones de vida de las personas.

 

Imagen principal: Densidad y compacidad, Barcelona, España. Photo © Maria Buhigas

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