Construcción en altura y ciudad: un nuevo contrato

Desde el contraste formal hacia una relación de complementariedad

Article image

Coinciden en nuestro presente un hito estadístico y cierto consenso disciplinar. Todos sabemos que el año 2008 fue el umbral en el cual la población mundial pasó a vivir mayoritariamente en entornos urbanos, y que las especulaciones sobre este proceso prevén un aumento exponencial del flujo migratorio. Al mismo tiempo, existe una idea bastante expandida -a la cual yo me adhiero- que entiende las ciudades como una naturaleza construida a nuestra propia medida, y que gracias a ello deberían ser cada vez más una herramienta de democratización. Dentro de este contexto, la calidad de las infraestructuras y los equipamientos pasa a ser un tema crucial cuya potencialidad y eficiencia requerirá cada vez más combinar alta densidad, compacidad y diversidad. Dentro de este escenario, la construcción en altura y los edificios altos son una consecuencia difícilmente eludible…

Cualquier ciudad que pretenda ser lo suficientemente densa y compacta como para garantizarse infraestructuras de calidad, necesitará contar con una buena proporción de edificios altos dentro de su tejido. Pero al mismo tiempo, la intensidad de uso de cualquier construcción en altura dependerá de una diversidad de flujos energéticos y circulatorios que solo una ciudad compacta y diversa puede garantizar.

Este escenario cambia radicalmente el rol de la construcción en altura. Bajo estas condiciones, los edificios altos pasan a establecer una relación de complementariedad con la ciudad. Ya no los percibiremos como figuras verticales destacándose en un entorno predominantemente horizontal. Su tradicional carácter objetual y representativo se debilitará, porque ya no activarán situaciones extraordinarias dentro del tejido urbano. Los edificios altos serán aquello que abunda: la tipología ordinaria de la ciudad contemporánea.

Shibam, Yemen 2017. 04_5 DSC_0350 © Aga Khan Trust for Culture/Anne De Henning (photographer)

Seguramente Shibam sea el primer antecedente de este tipo de relación entre construcción en altura y ciudad. Esta ciudad, fundada en el siglo segundo antes de Cristo, mantuvo un formato de aldea hasta transformarse en un paso obligado en la ruta del incienso entre Omán y la Meca. Este hecho la expuso a ataques y saqueos sistemáticos, obligándola a cambiar su fisionomía. En el siglo XVI adopta la forma que vemos en esta imagen: una ciudad amurallada construida a base de 450 torres de hasta nueve pisos, materializadas todas ellas con muros de adobe y columnas de troncos de palmera. Frente a un eventual ataque, los habitantes de Shibam subían a los áticos de las torres para luego, desde lo alto, contraatacar a los invasores.

Pero la compacidad de Shibam trasciende sus argumentos defensivos. Responde también a la voluntad de entender la ciudad como un dispositivo de control climático, capaz de construir sombras para enfriar el suelo -el espacio de socialización- mediante la acumulación de pequeñas torres de gran inercia térmica. Resulta así un espacio intensamente urbano, caracterizado por cientos de corredores que envuelven la tipología organizativa que domina la ciudad. La distribución interna de estas torres responde a un gradiente de privacidad que vincula la distancia de cada espacio respecto a la cota cero.

Los áticos son el lugar para el alejamiento, el espacio para mascar qat, leer poesía y observar el desierto. En los tres pisos inferiores se encuentran los dormitorios y en el segundo piso el salón familiar. Antiguamente, en el primer piso se ubicaba el almacenamiento, pero en la actualidad se ha transformado en el espacio social, un lugar esencialmente masculino. En la cota cero se encuentran los comercios, allí donde originalmente se alojaban los animales.

Estas torres de usos mixtos son el plan maestro de la ciudad, trazado por primera vez en sección. La segregación vertical de usos garantiza a Shibam una vitalidad urbana homogénea a través de toda su extensión. Al observarla desde lo alto resulta posible describirla como un fragmento de corteza artificial. Una amalgama de espesor variable, superpuesta al sustrato natural. Un entorno donde naturaleza, ciudad y arquitectura ofrecen dos modelos de continuidad: material y performativa. Aquí, construcción en altura y ciudad pasan a ser elementos indisociables. Su total interdependencia es punto de partida para imaginar la ciudad que está por venir.

Imagen principal: René Burri. San Pablo, Brasil, 1960. Foto © Rene Burri/Magnum Photos/Contacto

Suscríbete a la newsletter