Historia de tres ciudades

En defensa de la retirada radical

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La humanidad alcanzó su nivel máximo de estupidez hace un año, cuando el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, sugirió el traslado de la ciudad de Seúl para evitar el riesgo de un ataque nuclear por parte de Corea del Norte. Casi al mismo tiempo, la ciudad de Yakarta anunció planes para trasladarse. Este caso no fue tan ampliamente ridiculizado porque, de hecho, Yakarta se está hundiendo y no le queda otra opción. Más o menos por esa misma época el famoso cineasta Peter Jackson produjo la adaptación a la gran pantalla de Mortal Engines, una historia sobre ciudades en un futuro post-apocalíptico que han sido elevadas sobre ruedas y motorizadas, dándose caza unas a otras por el campo. La película fue un estrepitoso fracaso, con pérdidas de 175 millones de dólares, que podrían haber sido suficientes para iniciar el incipiente traslado de la ciudad de Yakarta.

A pesar de un breve coqueteo con el traslado de ciudades a mediados del siglo XX (abanderado por Archigram), la idea ha sido ampliamente relegada al campo de la ciencia ficción. Mientras tanto, la humanidad ha superado la carrera de lo absurdo de Trump/Hollywood y ha hecho algo aún más absurdo: ganar tiempo contra el aumento del nivel del mar. En todo el mundo, seguimos construyendo casas, levantando muros frente al mar y, como los avestruces, escondemos nuestra cabeza en la arena. Una arena que está desapareciendo rápidamente. Por ello, ha llegado el momento de algo nuevo: la retirada radical.

Me gusta diferenciar este término de la «retirada dirigida», un término con una popularidad creciente porque representa dos ideas agradables: orden y pragmatismo. La principal preocupación que surge frente a este término es nuestra tendencia a no ponerlo en práctica. No lo implementamos tras el huracán Katrina, ni tampoco lo hicimos tras el huracán Sandy o el tifón Haiyan. De hecho, los habitantes de muchos lugares arrasados por fenómenos meteorológicos vuelven a asentarse en ellos cuando pasa el peligro. No hay nada como volver a casa. Y había algo atrayente en esos lugares que hacía que la gente deseara vivir allí.

Habitantes de muchos lugares arrasados por fenómenos meteorológicos viven el traslado de la ciudad como una cuestión temporal.
Vista aérea de una misión de búsqueda y rescate del ejército que muestra los daños causados por el huracán Sandy en la costa de Nueva Jersey, 30 de octubre de 2012. Imagen Wikimedia Commons

La solución es proporcionar a la humanidad una razón de peso para querer vivir en otro lugar. No basada en el miedo a lo que podría salir mal, sino en la promesa de lo que puede salir bien. La retirada «radical» consiste en la migración optimista, emocionante y casi precipitada a un nuevo lugar. Debemos ver el traslado de las ciudades como una oportunidad que abre un futuro radical y hermoso. Una opción para dar el gran salto en el desarrollo humano. Las nuevas tecnologías con las que siempre hemos fantaseado. Las ciudades planificadas se han basado históricamente en el orden. La creencia de que el trazo de la pluma del urbanista puede separar este barrio de aquel, eliminar los problemas sociales, la suciedad y todo lo demás. Esto nunca ha funcionado, pero no pasa nada. Todos los errores que hemos cometido en los últimos 200 años encuentran ahora un propósito renovado. Cada fracaso en el uso de nuestro espacio público, y en cómo diseñar la infraestructura, es ahora la base para una nueva forma de ciudad. Incluso, y muy especialmente, su ubicación.

Varias décadas después, el traslado de Soldiers Grove, en Wisconsin podría parecer incluso insulso, pero en su momento fue una retirada totalmente radical. Soldiers Grove fue «el primer pueblo solar de Estados Unidos». Tras una serie de devastadoras inundaciones, el pueblo decidió trasladarse en 1983. Y además, tomó la iniciativa de pasarse a la energía solar. ¿Por qué reconstruir la ciudad con las mismas gasolineras y generadores y todo lo demás? ¿Por qué no reconstruirla con infraestructuras de energía solar y no volver a pagar un recibo de electricidad nunca más?

Otro ejemplo igualmente radical actualmente en proceso es Kiruna, en Suecia. La ciudad está bajo la amenaza de un colapso subterráneo debido a la actividad minera cercana. Por ello el centro de la ciudad se está trasladando a 3 kilómetros al este. Con la financiación de la empresa minera, la ciudad está construyendo nuevas viviendas y transportando algunos de los edificios de patrimonio histórico en grandes camiones a la nueva ciudad. Lo más radical en este caso no es la reubicación de una ciudad entera, sino el hecho de que una empresa industrial sea considerada responsable desde el punto de vista financiero de la destrucción que provoca. ¡Bien hecho!

La ciudad de Kiruna, en Suecia, vive un traslado de ubicación a causa de las afectaciones en el terreno por la actividad de una mina.
Panorama de la ciudad de Kiruna desde Luossavaara. Imagen Alexandar Vujadinovic a través de Wikimedia Commons

Soldiers Grove y Kiruna abren una puerta a la esperanza para el futuro. Juntas, ofrecen dos imperativos básicos del traslado de ciudades.

En primer lugar, el traslado de ciudades es una oportunidad para progresar y no simplemente una reubicación. Pedir a 10 millones de personas que se muden no va a funcionar, a menos que la ciudad esté siendo atacada por el kraken. Proporcionar la opción de una vida mejor para esos 10 millones de personas a solo unos kilómetros crea un movimiento orgánico que los torpes políticos no son capaces de generar. Después de que se encontrara oro en Sutter’s Mill, California, 70.000 mineros de todo el mundo se trasladaron allí en solo unos meses. Corrían hacia algo en vez de huir de algo.

En segundo lugar, aquellos que generan el traslado deben ser los que asuman su coste.  Cualquier otra alternativa tiene una consecuencia inexorable. Frente al aumento imparable del nivel del mar, aquellos con medios económicos se trasladarán. Aquellos que carezcan de ellos se quedarán y se enfrentarán a la inundación, la pérdida de todos sus bienes y la miseria.

Las ciudades se trasladarán. Es inevitable. Es responsabilidad nuestra que ese traslado se plantee como una oportunidad para adoptar nuevos futuros radicales y nuevas tecnologías, para crear ciudades más equitativas y para aprender de los últimos 10.000 años de desarrollo urbano. Pero a menos que escojamos este futuro por nosotros mismos, el otro futuro parecerá predeterminado: ganaremos el título olímpico del absurdo por pura inercia. Y aquellos que más van a sufrir son los que ya sufren la indiferencia humana: nuestras personas sin hogar, nuestros habitantes de los poblados de chabolas y nuestras comunidades informales.

Seamos capaces de emocionarnos con las nuevas posibilidades de la misma forma que nos asustamos de los nuevos peligros. Solo así podremos construir las ciudades que todos nosotros nos merecemos de verdad.

Imagen principal: Los habitantes de muchos lugares arrasados por fenómenos meteorológicos vuelven a asentarse en ellos cuando pasa el peligro. Imagen Vinh Nguyen/Unsplash

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