Cien mundos en un cobertizo

Hacia la creación de entornos que provoquen la emoción de aprender

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Además de ser sano, luminoso y bien ventilado, el entorno de aprendizaje de los niños pequeños debe hacerles sentir seguros y como en casa. Pero también debe ser expansivo, dando pie a la aventura y a la exploración de otros mundos. Debe crear una sensación de pertenencia y a la vez una necesidad vital de juego y curiosidad.

¿Qué tipo de edificio es capaz de provocar esta condición humana ambivalente que busca a la vez bienestar emocional y fascinación? Quizás el mejor ejemplo sería imaginar que nos encontramos dentro de ese espacio encantado y mágico de nuestro cobertizo de madera en el jardín. Este pequeño y modesto taller (o incluso almacén) es claramente diferente a nuestro hogar: es ordinario, pero potencialmente inquietante y onírico.

Mientras diseñábamos el nuevo laboratorio de ciencias de la Escuela de Primaria Eleanor Palmer, reflexionamos mucho sobre el carácter arquitectónico del cobertizo y la relación que podía llegar a tener con las espléndidas salas de las maravillas de los siglos XVI y XVII. ¿Y si el diseño de un aula para el aprendizaje de la ciencia en un colegio de primaria actual surgiera de la combinación de estas dos tipologías arquitectónicas?

Tipologías maravillosas

El cobertizo es un lugar para esconderse, disfrutar de las aficiones, soñar, crear y hacer. Rodeados del olor a madera y de partículas de polvo, somos capaces de perdernos entre cosas de todo tipo, herramientas olvidadas y secretos escondidos. Al igual que un apothḗkē (almacén en griego antiguo), el cobertizo es un depósito de cosas físicas, pero también se convierte en tierra fértil para las ideas. Utilizado como taller, permite la manipulación, clasificación, fabricación e invención ilimitadas. Su carácter íntimo y personalizado contrasta en gran medida con la naturaleza genérica y sencilla de la mayoría de las aulas en la actualidad.

Las salas de las maravillas eran estancias llenas de colecciones de objetos naturales que surgieron en el siglo XVI, también llamadas «gabinetes de curiosidades». El Museum Wormianum de Ole Worm de 1655 es el ejemplo perfecto: la arquitectura de la sala es simple mientras que las paredes e incluso el techo están cubiertos de preciosas rarezas y objetos. Este espacio se asemeja a un museo premoderno y quizás también aluda a las taxonomías personalizadas contemporáneas que solemos crear en los mundos digitales de nuestras pantallas.

Gabinete de curiosidades de Ole Worm, Museum Wormianum, 1655. Imagen Wikimedia Commons

Un cobertizo de madera logra que la arquitectura sea completamente distinguible. Si desentrañamos de forma intuitiva la geometría lógica del edificio, su construcción económica y sus propiedades estructurales, materiales y medioambientales, todo ello en sí mismo es una lección. La sala de las maravillas, por otro lado, es un auténtico teatro de aprendizaje visual. Los objetos y los cuadros nos cuentan historias, crean conocimiento y nos plantean preguntas sobre el mundo que nos rodea; una práctica pedagógica de pleno derecho.

Creando maravillas en la educación

En la mayor parte de las escuelas de primaria del Reino Unido, el plan de estudios STEM (acrónimo en inglés para ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) se suele impartir en aulas convencionales, aunque ligeramente adaptadas. El laboratorio de ciencias de la Escuela Eleanor Palmer no es un aula adaptada o ampliada, sino un edificio independiente que pretende ofrecer una experiencia pedagógica diferente. Basado en ideas que llevamos desarrollando desde 2012, explora las diferentes posibilidades que ofrece la construcción de una escuela de madera.

Un aspecto central de este trabajo es nuestro intento de desarrollar un vocabulario cautivador de la construcción arquitectónica con cualidades pedagógicas y sociales inherentes. Una sala de las maravillas contemporánea construida en madera y cuidadosamente diseñada integra numerosas capas de conocimiento práctico y estético y puede albergar eventos multisensoriales donde el sonido, el olor, la materialidad, la luz y el aire, junto con la habitabilidad son elementos fundamentales.

Al visitar el laboratorio de ciencias de la Escuela Eleanor Palmer tras su construcción, pudimos asistir a los entretenidos talleres y eventos que tienen lugar en su interior y ver todo aquello que atesora: plantas que crecen lentamente en botes de cristal situados en las estanterías frente a las ventanas que miran al este; las conchas y los cráneos aportados por los padres en las vitrinas de la parte oeste, instrumentos ópticos y artilugios que se multiplican sobre las encimeras y las vibrantes construcciones de modelos químicos de papel maché que cuelgan del techo, mientras que las bicicletas generadoras de energía emiten música cuando son utilizadas por los niños en el jardín de la ciencia. Este es, sin duda, un mundo lleno de maravillas.

Los residentes en la zona hablan del enorme casco de astronauta que brilla en la oscuridad y que ahora ocupa la ventana del edificio que da a la calle, recordándonos lo que originalmente llevó a la creación de este edificio: una maravillosa e inspiradora conversación en directo entre los jóvenes alumnos de este colegio y el astronauta Kjell Lindgren, que tuvo lugar el 4 de noviembre de 2015 mientras este se encontraba en la Estación Espacial Internacional.

La arquitectura como organismo vivo

La arquitectura tiene una extraordinaria capacidad pedagógica y representacional. De acuerdo con las ideas del educador infantil Loris Malaguzzi, creemos que de hecho el entorno escolar puede ser considerado un «tercer profesor» y también un «organismo vivo». La tipología mixta de cobertizo y sala de las maravillas intenta evocar la descripción de Malaguzzi de «una sensación de pertenecer a un mundo que está vivo, que es acogedor y auténtico», poniendo siempre el foco en la imaginación del niño:

«El niño está compuesto de cien. El niño tiene cien lenguajes, cien manos, cien pensamientos, cien formas de pensar, de jugar, de hablar. Cien, siempre cien, formas de escuchar, de maravillarse, de amar, cien alegrías por cantar y comprender, cien mundos por descubrir, cien mundos por inventar, cien mundos que soñar».

Loris Malaguzzi,1920-1994

Imagen principal: Interior del laboratorio de ciencias de la Escuela Eleanor Palmer, obra de AY Architects. Imagen ©Yeoryia Manolopoulou

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